En fechas de mayores excesos como la Navidad, es muy frecuente que aparezcan molestias relacionadas con hinchazón abdominal, gases y malas digestiones. Seguro que es algo con lo que te sientes muy identificado/a y tú mismo has terminado señalando a un alimento concreto que te produce intolerancias pesadas. Efectivamente, es posible que al retirarlo de la dieta notes mejoría a corto plazo, sin embargo, la raíz del problema casi nunca está solo en la comida. El alimento suele ser el detonante visible de un desequilibrio digestivo que viene de antes.
A continuación, voy a revisar por mi experiencia por qué ocurre esto y qué herramientas integrativas pueden ayudarte a mejorar tu función intestinal, especialmente en esas épocas del año en las que inevitablemente se come de más.
¿Escuchamos a nuestro sistema digestivo?
Mis pacientes me relatan con frecuencia: “Desde que como legumbres me siento fatal”, “el pan me hincha”, “los frutos secos me provocan gases”, “la col me mata”. Lo primero que les hago saber es que la función digestiva no depende únicamente del alimento en sí, sino del contexto interno en el que se produce la digestión. Hay pacientes que han restringido casi todos los grupos alimentarios y siguen con molestias. Esto no quiere decir que estén inventando los síntomas, sino que están mirando solo una parte del problema.
Cuando hay hinchazón constante, gases o digestiones pesadas, es importante evaluar qué puede estar alterando el entorno digestivo. Muchas veces hay una combinación de factores: hipoclorhidria (baja producción de ácido gástrico), alteraciones en la motilidad intestinal, sobrecrecimiento bacteriano (SIBO), disbiosis intestinal o una mala función biliar. También influyen los hábitos: masticar mal, comer con prisa, estrés crónico o cenar tarde.
Lo que hay detrás de la hinchazón
La hinchazón es una señal. No siempre grave, pero sí persistente cuando hay un problema de base sin resolver. En personas con disbiosis, por ejemplo, el intestino tiene una sobrecarga de bacterias no beneficiosas, que fermentan en exceso ciertos componentes de los alimentos y producen gas. A eso se suma la inflamación de la mucosa, que puede generar hipersensibilidad al paso del gas y provocar esa sensación de distensión intensa aunque objetivamente no haya tanto aire acumulado.
Otra causa frecuente es la alteración en la producción de enzimas digestivas, algo que puede ocurrir tras tratamientos con antibióticos, corticoides o inhibidores de la bomba de protones. También después de infecciones o como consecuencia del estrés crónico, que impacta directamente sobre la función gástrica, biliar y pancreática.
El resultado es una digestión incompleta. Los alimentos no se descomponen del todo, se quedan más tiempo del debido en el intestino y son fermentados en exceso por las bacterias. Esto produce gases, inflamación y síntomas que muchas veces llevan a restringir grupos alimentarios de forma innecesaria.
Dietas de exclusión: cuándo ayudan y por qué no son la solución definitiva
Eliminar alimentos como el gluten, la lactosa, las legumbres o incluso las frutas puede dar alivio temporal. De hecho, muchas personas experimentan mejoría rápida al hacer una dieta carnívora, baja en FODMAPs o libre de ciertos antígenos. Pero esa mejoría no siempre significa que el alimento sea el problema en sí, sino que el intestino no estaba en condiciones de digerirlo adecuadamente.
Cuando el entorno intestinal está alterado, cualquier alimento con fibra, almidón resistente o antígenos naturales puede ser mal tolerado. Por eso el objetivo no debe ser vivir evitando alimentos, sino trabajar sobre el origen del problema para restaurar una función intestinal sana y tolerante.
Mejorar la función intestinal desde nuestro enfoque integrativo
Conozco pacientes que llegan a consulta atemorizados, justo en las fechas previas a una época con muchos eventos sociales. A todos ellos les digo que no existen soluciones mágicas, pero también les animo a vivir esos días con normalidad y siguiendo algunas pautas que ayuden. En cualquier caso, los profesionales debemos evaluar cuál es el estado real de la persona. En función de la historia clínica y los síntomas, se pueden realizar estudios que indiquen cómo se encuentra la microbiota, la integridad de la mucosa intestinal, los niveles de inflamación, la función hepática, biliar y pancreática, o la presencia de sobrecrecimiento bacteriano. Una vez identificadas las disfunciones, se actúa sobre ellas:
-En casos de hipoclorhidria, se puede valorar la reposición de ácido clorhídrico o enzimas digestivas.
-Si hay disbiosis, se emplean estrategias con probióticos, prebióticos, fitoterapia antimicrobiana o protocolos de reparación mucosa.
-Cuando hay problemas de motilidad, se trabaja sobre el nervio vago, el ritmo circadiano y el eje intestino-cerebro.
-Si hay sensibilidad alimentaria, se eliminan ciertos grupos de forma temporal, pero siempre con una mirada puesta en reintroducirlos en cuanto el sistema lo permita.
Además, se integran recomendaciones que van más allá de la alimentación: manejo del estrés, actividad física suave tras las comidas, buena higiene del sueño y una rutina de comidas estructurada.
¿Y si el intestino pudiera volver a estar en calma? Coherencia y un apoyo extra
La buena noticia es que, en la mayoría de los casos, el intestino responde. Cuando se quitan los factores que lo alteran y se le da lo que necesita (descanso, equilibrio, nutrientes específicos y apoyo microbiano), mejora. Poco a poco, pero con una estrategia bien diseñada, es posible volver a tolerar mejor los alimentos, reducir los síntomas y ganar calidad de vida.
En mi práctica clínica lo veo cada día. Y por ello, en épocas de excesos como las navidades, también recomiendo medidas de apoyo que faciliten una mejor digestión, especialmente si ya hay antecedentes de molestias.
Una de las herramientas que solemos integrar es GUT DAY, un suplemento de la marca be levels que combina enzimas digestivas, extractos vegetales y cepas probióticas específicamente seleccionadas para reducir la sensación de hinchazón y mejorar la tolerancia digestiva. Lo utilizamos como coadyuvante dentro de una estrategia más amplia, especialmente en pacientes que llegan con el sistema digestivo sobrecargado tras una época de excesos o cuando empiezan un protocolo de reparación intestinal. Desde los primeros días ayuda a revertir las molestias y fortalecer el sistema digestivo dentro de un plan coherente.
No te olvides...
No se trata de vivir con miedo a la comida, sino de entender lo que está ocurriendo y manejar los contextos sociales o personales; el cuerpo reacciona cuando su entorno no le permite funcionar bien. Si este año quieres disfrutar sin pagar el precio de la hinchazón, dale a tu intestino el cuidado que merece. Y si necesitas ayuda, estamos para acompañarte en el proceso.



